
No dejo de verme a mi lado, observándome,

Al oír las amarillas hojas del otoño caer
resuenan tus palabras en mi boca
que recuerda tu boca
invitándola a probar de su sabor.
El humo de la helada y sombría espera,
la desnudez y el frío de mis pies,
hasta la compañia de un perro sin compañia
que silenciosamente se apoya sobre mi,
también sin compañia;
todo, todo conspira para que
esta noche no pueda hacer más
que vomitar en papel el dolor
de los asientos absurdamente vacíos
que me rodean.
Espera que se diluye en alcohol y en tiempo;
espera del cometa que ilumina
el camino tantas veces recorrido.
Espera de una boca,
de un cuerpo reflejado en sombra y calor,
de un alma que encendida en acordes y palabras
se hace cuerpo y a la vez distancia.
Espera deseosa del fin, antes del fin.


Todo comenzó en pequeño lugar,
un pueblo que ya no recuerdo.
Un joven desafiando unas copas
y ella observando con su alma de cazador.
Y aunque su presa nunca quiso escapar,
ella hundió su vieja espada en la piel del animal.
Pocas fueron las palabras,
rápidamente se encontraron en su cabaña sombría.
Una cama y cigarrillos, el paisaje del instinto,
del amor sin amor.
Ambos desnudos y en silencio,
sólo sus gemidos de dolor y placer.
Jugaban, invadiéndose los dos,
sonriendo sin saber por qué, flácidos, invadiéndose.
Nuevos mundos, dolor y placer,
ocultos los dos.
Y así, hasta terminar dormidos los dos,
de dolor y placer.
En unas horas, mi vida entró por mi nariz;
pero no logró endurecer mi corazón.
En unos minutos mi alma se desvistió,
salió a pasear por tu jardín
y a los golpes encontró un viejo bastón
que dejaste bajo un árbol para mí.
Lo tomé y me dirigí a lo más profundo
de las montañas de tu tiempo.
Eran tan frías y oscuras como mis días,
pero un fuego me envolvía
y me dijiste que todo esto no era tan trágico.
Cité unas palabras que oí en algún camino:
el tiempo no cura nada,
el tiempo no es un doctor.
Y reíste, y lamiste mis heridas,
y te oí decir cuanto sabemos
acerca de sobrevivir.
Encendemos otro cigarrillo,
mientras un perro y el sol,
y una brisa de oscuridad
comenzaban a merodear
alrededor de nuestras tibias sombras.
Luego la despedida, el viaje de regreso,
recomenzar el día intentando percibir
si la fragilidad de mi cuerpo
era mayor a la de mi mente.
Por obvias razones
no logro recordarlo.
Sin embargo, hoy escucho
el eco de tus manos en mis ojos;
y esta hoja se mancha con mi sangre
y el veneno que expulsan mis manos.
Mi mente se aclara y mis ojos se abren,
acarician lentamente tu cuerpo
y consigo volcarme en un sueño
profundo y eterno.


Un día le pediste un beso limpio
y los vasos se llenaron al instante.
Y creyeron agarrar
a ese toro por las astas
pero cayeron rendidos.
ya no hay vientos que te acerquen a su cuerpo,
ella sigue bailando por ahí,
diluyendose, enfermandose;
riendo bajo otros techos, entre otros dedos.


Cuatro árboles mirando pájaros imaginarios,
entre vinos, rosas y estrellas.
Palabras entre palabras que se mezclan en el humo.
Brindamos sin saber por qué, y en el silencio.
Peces de ciudad sin ciudad ni rutas por las que caminar.
Palabras entre amores sin amor y
sexo frío en primavera.
Un bastón que se diluye en colores
que se borran en alcohol.
Y si todo el mundo miente
creemos en un dios piadoso
que nos muestra un encantador infierno,
que nos enloquece, entonces nos invadimos,
poco a poco.